18/12/2011

“Hacia una depresión económica global. Reconstruir las infraestructuras de la contestación”, entrevista a David McNally en el medio de comunicación Viento Sur

(CITO DE DICHA ENTREVISTA)

Las turbulencias de los últimos meses, ligadas a las crisis de la deuda soberana de Grecia y otros países europeos como Irlanda, Portugal, España e Italia, hacen temer que la crisis vaya a durar. ¿Se trata de una etapa de la misma crisis?

El salvamento de los bancos, que comenzó en 2008 y ha movilizado ya varios billones de dólares, no ha terminado. Conjugado con los efectos de una contracción económica que reduce los ingresos de los gobiernos, este salvamento ha contribuido a una gran alza de la deuda pública. Prosigue hoy via “planes de ayuda” a los Estados que se enfrentan a una crisis de la deuda pública y van acompañados de recortes en los sistemas de jubilación, en la educación, los programas sociales y el empleo público, afectando la vida de millones de individuos. En lo fundamental, estas políticas tienden a transferir fondos públicos hacia los bancos y el sector financiero en general.

A mediados de 2011, los bancos alemanes habían prestado una cantidad equivalente al 170% de su capital a los gobiernos griego, irlandés, portugués y español. También estaba expuesto el equivalente al 100% del capital de los bancos franceses [1]. Estas cifran aumentan de forma considerable si se tiene en cuenta a Italia. A su vez, los bancos americanos poseen títulos de la deuda pública de estas cinco economías europeas por un total de 700 mil millones de dólares.

Parece inevitable una suspensión de pagos de Grecia, y este escenario va a desencadenar una serie de crisis y de nuevas suspensiones de pagos que llevarán a la quiebra de algunos bancos. También parecen cada vez más probables pérdidas de varios miles de millones de dólares para los bancos. Por esta razón, las acciones de bancos como el BNP Paribas y la Societé Générale han caído fuertemente en estos últimos meses. Y por eso también, grandes sociedades, bancos y fondos de inversión han retirado sus haberes de los bancos europeos. En resumen, estamos al inicio de una nueva crisis financiera.

El Banco Central Europeo, el FMI y las grandes potencias europeas afirman querer salvar de la bancarrota a países como Grecia, Italia o Portugal. Pero la prioridad sigue estando en los intereses privados de los bancos. Hay que seguir la pista al dinero concedido por Europa y el FMI: cuando los gobiernos endeudados reciben centenares de miles de millones en nuevos préstamos, el dinero es transferido inmediatamente hacia las arcas de los bancos privados para reembolsar deudas contraídas en el pasado. Los bancos son así salvados una vez más por el pueblo. Como ocurrió en la crisis de las instituciones financieras de 2008-2009, los beneficios de los bancos son privatizados, mientras sus pérdidas son asumidas por los presupuestos públicos. No se trata ciertamente de libre mercado. ¡Pero es un excelente negocio para los bancos!

(…)

Sin ninguna duda, la clase de los trabajadores/as está sufriendo de nuevo un ataque de gran amplitud. Basta con observar lo que ocurre en los Estados Unidos, donde la organización del movimiento obrero es más débil en comparación con otros países del Norte: ha habido destrucciones masivas de empleo, pero también un enorme aumento de la productividad del trabajo que se traduce en una caída del coste unitario de producción en un 5% en 2009, lo que significa que a los capitalistas les cuesta un 5% menos producir un bien o servicio determinado. Es una disminución enorme. Muchos de los métodos neo-liberales –aumento del ritmo de trabajo, producción “justo-a-tiempo”, etc.– que los capitalistas vienen utilizando desde hace treinta años, se intensifican.

(…) en lo que se refiere a la crisis actual, se puede señalar que las tasas de beneficio habían tocado techo desde 2006 en los Estados Unidos. Esto hizo que el sistema se hubiera vuelto más vulnerable a un choque financiero. Los indicadores económicos nos muestran también que la ralentización de la actividad económica, sobre todo en el sector industrial, ocurrió antes del estallido de la burbuja inmobiliaria.

En segundo lugar, la explosión de esta burbuja inmobiliaria comenzó en lugares donde ya se sentían los efectos de esta ralentización de la actividad económica. Detroit es un ejemplo excelente. Las pérdidas de empleos en esta ciudad tuvieron por consecuencia que un número creciente de deudores de subprimes no estuvieran en condiciones de pagar su deuda. Así, el ascenso del desempleo, iniciado en 2007, alimentó un aumento de las suspensiones de pago. Los distints factores están interrelacionados.

En fin, en un plano teórico, encuentro insatisfactoria la tesis de que la “desregulación” financiera haya sido la causa de la crisis, porque presupone que las políticas que permitieron esta desregulación hayan sido el elemento determinante en la evolución económica durante el período neoliberal. Al contrario, como lo he explicado en Global Slump, la desregulación ha sucedido a la internacionalización de las finanzas, en vez de precederla. En el momento en que la desregulación se puso de verdad en marcha, las corporaciones multinacionales que deben dedicarse a actividades financieras en distintos mercados nacionales y distintas jurisdicciones y zonas monetarias, ya poseían las ventajas de las finanzas off-shore. Desde los años 1960, operaban ya en el mercado con eurodólares (operaciones en dólares en Europa que escapaban a la regulación tanto del gobierno americano como la de las autoridades europeas). Eso no era resultado de una liberalización de los mercados financieros, sino que derivaba del papel central del dólar americano en la economía mundial y del hecho de que circulaba masivamente fuera de las fronteras de los Estados Unidos. Las empresas multinacionales procuraron entonces obtener financiación a tipos más interesantes que los practicados en los Estados Unidos o el Reino Unido. Sólo cuando los bancos que operaban en el marco regulado de las jurisdicciones nacionales se dieron cuenta de su desventaja frente a los que intervenían en el mercado de eurodólares, comenzaron a exigir políticas de desregulación. La mayor parte de esta desregulación comenzó muy al final de los años 1970 y no ha despegado realmente hasta los 1980. Mi posición es, por tanto, que la desregulación es una reacción a la mundialización del capital industrial y financiero.

(…)

Marx constata que la mercancía tiene un doble valor. Un valor de uso, que satisface una necesidad humana, y un valor de cambio, por el que puede ser cambiado por dinero. El capitalismo implica por tanto ese fenómeno tan contradictorio de que sólo se pueden obtener los valores de uso que permiten el mantenimiento de la vida humana bajo la forma de valores de cambio. Esto es, hay que acceder al mercado para procurárselos. Se trata del resultado de procesos de desposesión asociados al capitalismo que separan a las personas de los medios necesarios para producir por sí mismos estos valores de uso –en particular la expropiación a los campesinos de su tierra con los cercados que les privaron de acceso a las tierras comunes. Una vez puesto en marcha, este sistema contradictorio actúa de manera que la rentabilidad y la acumulación de dinero se convierte en la fuerza motora del modo de producción. La competencia empuja a los capitalistas a acumular de forma sistemática, sin lo cual serían empujados a la ruina, superados por competidores que se han vuelto más competentes al haber invertido más. Todos los capitalistas intentan ganar la competición utilizando sus ganancias para reinvertirlas y transformarlas en nuevos medios de producción, procurándose la tecnología más avanzada para producir los mismos bienes y servicios un poco más rápidamente y a costes un poco menores que sus competidores. Pero si todos ellos hacen eso, y si lo que les interesa no es el valor de uso que satisface necesidades humanas sino la producción para el beneficio, es fácil comprender que tras un largo ciclo de acumulación, los capitalistas volverán a encontrarse en una situación en que han creado demasiadas fábricas, minas, centros de compra, McDonalds, etc., cuyos productos no pueden ya ser absorbidos por el mercado. Es una situación clásica de sobreacumulación.

El otro aspecto del problema es la propensión a la mecanización de la producción que implica una carrera por la tecnología más avanzada. Con ello se tiende a sustituir trabajadores por máquinas.

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En la mayor parte de la historia del capitalismo, la moneda, y en particular la moneda mundial, la divisa dominante, ha estado vinculada a una u otra mercancía. La más frecuente ha sido el oro. Aunque no tiene por qué ser el oro, y Marx era muy consciente de ello. Pero a partir de los años 1850, el capitalismo optó claramente por el patrón-oro. Durante el siglo siguiente, preservó de diferentes maneras este patrón-oro. Tras la Segunda Guerra mundial, la divisa dominante –el dólar americano– podía ser cambiada por oro: los bancos centrales fuera de los Estados Unidos podían obtener oro a cambio de los dólares que poseían.

Todo esto cambió en 1971, cuando los Estados Unidos ya no pudieron asegurar la conversión de dólares en oro, porque sus reservas de oro eran insuficientes para satisfacer las demandas de conversión con un ritmo acelerado. Nixon puso entonces fin a la convertibilidad,y anunció que el dólar ya no estaría vinculado al valor del oro. Esto tuvo diversas consecuencias, aunque la más importante, en mi opinión, fue que los valores de las divisas se han vuelto mucho más volátiles que antes. El sistema de patrón-oro de Bretton Woods aseguraba a las divisas una relación muy estable entre ellas en períodos largos. Esto significaba que una persona que transfiriera su capital de un país a otro no tendría que preocuparse por el riesgo de que una devaluación repentina pudiera desvalorizar de forma brutal su inversión. Después de 1971, ya no había tales garantias. En consecuencia, se ha asistido a un enorme proceso de ingeniería financiera; los bancos y otras instituciones financieras se han puesto a desarrollar instrumentos para limitar los riesgos asociados a esta volatilidad. Dicho claramente, puedo comprar una modalidad de póliza de seguros que me protege de las variaciones importantes de una divisa u otra. Alguien puede garantizarme, por ejemplo, que yo puede comprar mis dólares en yens, o en euros, etc., a un precio fijo, sin que importen las fluctuaciones del valor de estas divisas en el mercado.

Estos instrumentos financieros son llamados productos derivados y hay que pagar por obtenerlos. Por lo general, se trata de una póliza de seguros poco costosa. Pero algunos inversores descubrieron rápidamente que estos instrumentos concebidos para reducir el riesgo, y que son de hecho apuestas sobre el futuro, podían ser utilizados para especular. De esta manera, se pueden hacer enormes apuestas sobre los movimientos de divisas, pero también sobre el oro, el petróleo, los productos alimenticios, y sobre cualquier mercancía. Y no sólo mercancías: a finales de los años 1990, Enron hizo buenos negocios con productos derivados ligados a la meteorología. En efecto, la meteo afecta a la producción de naranjas en Florida o a la cantidad de energía hidráulica necesaria para alimentar durante todo un año el aire climatizado en California, lo cual tiene también un impacto sobre el precio del petróleo…

La creación de estos instrumentos financieros ha engendrado mucha especulación, lo que se suele denominar la “financiarización”. Y estoy de acuerdo con la idea de que el sector financiero se ha vuelto mucho más amplio y concentra una mayor parte de las ganancias totales. Pero rechazo la idea de que sea la consecuencia de un “golpe” fomentado por las finanzas, como afirman sobre todo Duménil y Lévy. Creo más bien que la causa fundamental de esta financiarización es el fin de la convertibilidad del dólar en oro y la consiguiente volatilidad de las diferentes divisas nacionales, que ha llevado al desarrollo de todos los derivados que hoy día existen. No creo que se pueda decir que los capitalistas financieros hayan impuesto su hegemonía. De hecho, grandes empresas manufactureras se han lanzado también a esta orgía de especulación. Ford, General Motors, General Electric, Volkswagen, etc. todos ellos invierten en productos derivados. El problema no reside tanto en el capital financiero en sí mismo, como en los cambios estructurales del capitalismo, que han facilitado algunas formas de ganancias especulativas. No es desde luego fortuito que se haya iniciado en el sector financiero, en el seno del mercado de préstamos hipotecarios en los Estados Unidos. Muy rápidamente, bancos y otras instituciones financieras que vendían estos instrumentos financieros sofisticados descubrieron que podía hacerse lo mismo con los préstamos hipotecarios, lo que gustó a los inversores que percibieron entonces la inversión inmobiliaria como una inversión segura. Como es sabido, esto llevó a la mayor burbuja inmobiliaria de la historia, cuya explosión ha dejado a muchas personas que creían que esta burbuja nunca estallaría, en posesión de activos financieros tóxicos. No todos los grandes bancos de inversión lo evitaron, ya que algunos fueron obligados a la quiebra.

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Durante el boom económico de 1982-2007, se pudo observar una recuperación prolongada de la tasa de ganancia en las nuevas inversiones de capital, paralelamente a una profunda reestructuración de la producción con el desarrollo y utilización de nuevas tecnologías. Los Estados Unidos, por ejemplo, han perdido 300.000 empleos en la industria del acero, al tiempo que esta industria continúa produciendo cantidades masivas de acero. Se obtiene por tanto una producción de bienes mucho más elevada en relación a la mano de obra utilizada para realizarla. Ha habido después un boom de inversiones, asociada a las nuevas tecnologías en los países del Norte, y un movimiento masivo de capitales hacia las regiones de bajos salarios de los países del Sur. China fue el país central en este movimiento, pero hay que considerar tambián las maquilladoras de México, así como las inversiones alemanas en la antigua RDA y en el antiguo Bloque del Este, o incluso las zonas francas que emergen en el Próximo y Mediano Oriente, por ejemplo en Egipto. Se trata de una reorganización geográfica del capitalismo y del desarrollo de nuevos centros de acumulación.

Pero de estas transformaciones puede fácilmente emerger un nuevo ciclo de sobreacumulación. Todo el mundo se abalanza en la misma dirección: Volkswagen, Ford, General Motors, Toyota, Microsoft, Dell, Samsung, etc., todos se dirigen hacia China para construir nuevas fábricas. En su mayor parte lo hacen sin cerrar sus instalaciones en sus países de origen. Pronto o tarde, habrá una capacidad de producción excesiva. Esta es la primera parte de la historia –una sobreacumulación de capital.

También hay, en paralelo, una destrucción masiva de empleos ligada a las nuevas tecnologías y a la informatización de la producción. Hay que relacionarlo con la producción “justo-a-tiempo” y la “lean production”, cuyo objetivo es minimizar el trabajo necesario para la fabricación de un producto. Esta lógica de economía de trabajo acaba por presionar a la baja sobre las ganancias. Las tasas de ganancias en los Estados Unidos alcanzaron, en efecto, un pico en 2006, antes de caer. Esto tiene varias consecuencias. En primer lugar, las empresas menos competitivas y menos rentables son debilitadas. En segundo lugar, esto les empuja a contraer deudas con el fin de mantenerse competitivas. Pero cuando los mercados financieros y los mercados de crédito hacen frente a una tempestad, los bancos, que tienen necesidad de ingresos para recapitalizarse, rechazan renovar los créditos que conceden habitualmente a las empresas. Las empresas más vulnerables se encuentran entonces incapaces de reembolsar sus deudas, arrastrando quiebras en cascada. No son simplemente los bancos quienes han provocado la crisis actual. Hay que recordar que Chrysler y General Motots estaban en bancarrota en el otoño de 2008, en relación directa con la dinámica que acabo de explicar.

Cuando se lee a Marx, muchas veces se ve por un lado un análisis de la sobreacumulación y por otro un análisis de la tendencia a la baja de la tasa de ganancia. Creo que es imposible separar ambos elementos. Se trata de diferentes dimensiones de un mismo proceso –el proceso por el cual el crecimiento económico capitalista por sí mismo mina las condiciones que lo sostienen. Esta es la riqueza de la teoría de Marx, que permite captar tendencias distintas de un mismo proceso social. Y creo que sigue siendo el enfoque más fértil para comprender lo que ha pasado desde 2006 y 2007.

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Hemos asistido, por ejemplo, a la primera ocupación de fábrica desde hace décadas en los Estados Unidos, en la empresa Republic Windows and Doors, en diciembre de 2008, cuando se estaba intensificando la crisis. (…) Hubo ocupaciones similares en Irlanda, en Escocia, en Inglaterra. Hemos asistido a una decena de huelgas generales en Grecia. Ha habido enormes movilizaciones de masas en las calles francesas.

(…) Más recientemente, hemos podido asistir al derrocamiento de regímenes por parte de movimientos sociales. Es el caso de Túnez donde, en un estadio avanzado de la revolución, elementos radicales pudieron tomar el control de la Unión General Tunecina del Trabajo, no a nivel de la dirección nacional, sino por la base y al nivel local de la organización. De esta forma pudieron lanzar huelgas generales en diversas ciudades. Los comentaristas que siguieron de cerca el proceso revolucionario en Túnez comprendieron que se trataba del elemento clave en la caída de Ben Alí. Tampocoo creo que sea una coincidencia que la caída de Mubarak en Egipto haya ocurrido durante una semana en que se inició una oleada de huelgas masivas. De hecho, la revolución egipcia encuentra sus raíces en unas oleadas de luchas obreras que se remontan a 2004. En el momento de la caída de Mubarak, decenas, y tal vez centenares, de miles de trabajadores/as no estaban sólo en huelga, sino que participaban en encierros, en bloqueos de carreteras, en combates contra las escuadras policiales antidisturbios, en ocupaciones de fábricas y de hospitales, en un bloqueo del sistema de autobuses públicos de El Cairo, etc. Lo que hemos visto representa un renacimiento de luchas políticas de clase en diferentes partes del mundo.

Notas

1. Ver los datos recogidos por Martin Wolf, “The Eurozone after Strauss-Kahn”, Financial Times , 17/05/2011.
2. Robert Brenner, The Economics of Global Turbulence, Verso Books, New York, 2006 [La economía de la turbulencia global, Akal, 2009].
3. Depresión global [NdT].

(FIN DE LA CITA)

Fuente: http://www.vientosur.info/articulosweb/noticia/index.php?x=4680

(David McNally es profesor de Ciencia Política en la Universidad de York (Toronto), activista de diversas causas solidarias con el pueblo palestino, las y los inmigrantes, etc., militante del New Socialist Group, autor de Global Slump [3] (PM Press, 2010; no hay por el momento edición en castellano).)